Y nos miramos, y se volvió a encender lo que se apagó, y nos dejamos llevar, él, mi orgullo y yo, y queríamos sentirnos cerca, muy cerca, tanto que sería imposible que alguien diferenciase la frontera que separaba nuestros labios, que el aire ganase esa batalla para interponerse entre su cuerpo y el mio, que las yemas de mis dedos dejasen de desear recorrer cada poro de su piel, que mi respiración no fuese la de un corazón acelerado, abriendo sus cicatrices, liberando el anhelo de sentir una vez más cada uno de sus besos, de sentirnos.
